Mis Historias. La Nostalgia por el Primer Amor… de Tres

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Hacía mucho que no escribía algo tan mío, tan del alma y del corazón. Ojalá que alguien pueda identificarse y entender sin juzgar mi ataque de nostalgia, toda una borrachera de recuerdos que me hizo entrar a Facebook y buscar a mis primeros dos novios, a quienes encendieron las primeras llamas del amor en mi hace 28 años, a ese amor de «tres» que en su momento no comprendimos por nuestra juventud, pero que fue tan intenso, riesgoso y maravilloso como inolvidable y entrañable en el tiempo.

Hoy me doy cuenta que la vida se me escapó entre las manos, que los años pasaron y que hoy a mis 45 llevo tatuado su recuerdo más profundo de lo que imaginaba. Bastó escuchar una canción para regresar el tiempo y vivir la historia de nuevo, o para traer al presente el capítulo en mi vida que definió el rumbo de mi sentir y mi manera de amar.

Les cuento cómo empezó todo.

Debido a una cirugía, mi vida ha entrado en una breve pausa desde hace un par de semanas y eso me ha ayudado a reconectar conmigo mismo. Entonces me pregunto: ¿qué somos si no la suma de nuestros recuerdos, emociones y sentimientos?

Me recosté sobre mi cama y encontré en Spotify la canción que marcó el inicio del más poderoso latir de mi corazón. ¿A dónde va el amor? de Ricardo Montaner.

Era el año de 1989 y yo con 17 años empezaría a vivir. En un ataque de rebeldía salí del cascarón, de la casa de mis padres, de esa burbuja en la que había crecido aislado de todo, solo. Entonces decidí hacer algo por sacar ese sentimiento profundo e intenso que desde niño me quemaba como fuego y buscaba salir. Qué mejor forma que hacerlo que a través de la voz; cantando. Me inscribí a la academia de canto de la maestra Connie Limón y ese espacio se convirtió en mi renacer, ese fue el lugar en el que por fin sentí que podía encajar en este mundo.

Ahí, en uno de esos miércoles a las 6:00 pm en los que los alumnos nos reuníamos después de preparar una canción para cantarla delante de todos conocí a Edmundo y a Miguel. Recuerdo perfectamente el día, el instante en que se abrió la puerta morada de la academia y entró Edmundo reflejando en sus ojos el mismo cielo azul que desde niño yo contemplaba tirado sobre el pasto. No lo entendí porque no había vivido nunca algo similar, pero tampoco le busqué explicación porque con todo mi ser pude sentirlo. A partir de ese momento dejé de tocar con los pies el suelo y comprendí que tenía alas para volar. No recuerdo cómo ni cuántos días pasaron, pero el chico de los ojos de cielo, 5 años mayor que yo, comenzó a volar conmigo. Solo que había un pequeño detalle: él tenía novia.

Yo no buscaba dañar a nadie, pero lo que sentía era lo más maravilloso que había experimentado y no podía ni quería evitarlo. Entonces empezó a crecer un sentimiento doblemente secreto; aquél jovencito de 17 años con la inocencia de un niño de 13, se había enamorado de un hombre y además, un hombre con pareja: una mujer. Así empezó a escribirse un amor a escondidas, así empecé a descubrir de lo que yo estaba hecho y de lo que era capaz por defender mi amor.

Recuerdo que Edmundo siempre me decía: «me saliste más cabrón que bonito», porque cuando le ganaban el remordimiento y la culpa, yo siempre tenía una explicación sensata, muy madura para mi edad, incluso para la suya. Siendo sincero, el que menos sabía de dónde salían tantas palabras convincentes era, porque yo nunca hablé, quien habló siempre fue mi corazón.

Y así, en el más dulce e inquietante secreto fui feliz, cada miércoles preparaba una canción para cantársela a él delante de todos. Era imposible ocultarlo, todos se daban cuenta de lo que sucedía, pero no me importaba. Además, él hacía lo mismo. Aquellos miércoles siempre se volvían eternos y yo terminaba llegando a casa de mis papás de madrugada sin importarme lo que me dirían. Yo siempre tenía una mentira, una respuesta extrañamente lógica a sus preguntas. Edmundo vivía en Coyoacán y yo por Interlomas, al otro lado de la ciudad, pero no había distancia que no pudiera resolver su su coche destartalado ni tiempo que pudiera resistirse a nuestros ojos, nuestros besos y nuestros cuerpos. Cuánta adrenalina, cuánta ilusión, cuánta juventud, cuánta inexperiencia y hasta cinismo, pero cuánta vida. Hubo varias ocasiones en las que Mariana, la novia, lo acompañaba a llevarme hasta mi casa, pero el espejo retrovisor servía de puente para mantenernos unidos todo el camino. Y en ocasiones, también la visita urgente que tenía que hacer al baño de mi casa. Lo que sigue se cuenta solo.

Pasaron no recuerdo cuántas semanas de vivir en las nubes hasta que en uno de esos mismos miércoles bohemios y en el único lugar en el que yo sentía que encajaba en el mundo, apareció Miguel con unos pantalones ajustados, camisa blanca, botas negras, cinturón de alpaca y lentes oscuros. Tomó el micrófono, pasó al centro del salón y comenzó a cantar con un estilo italiano que llamaba la atencion. Una una voz potente y suave a la vez se convertía en la música perfecta para bailar en mi nuevo cielo. Miguel era de esos chavos guapos y acuerpados que nadie podía evitar voltear a ver y cuando cantaba, todas las mujeres se enamoraban, y yo… me volvía a enamorar.

Quizás los 3 nos complementábamos. Sin duda teníamos muchas cosas en común aunque la vida de cada uno era muy distinta. No se, pero ese mismo miércoles que nos conocimos los 3, nos volvimos inseparables. Llamadas diarias por teléfono, mensajes al beeper (¡eran los noventas!) y conforme la relación se hacía más estrecha entre los 3, las miradas se unían, los silencios se hacían largos y el tiempo desaparecía, pero nadie decía nada. Ni siquiera Eduardo y yo comentábamos lo evidente.

No se rían ni me juzguen, a mi también me cuesta trabajo entenderlo hoy, pero recuerden que yo no buscaba entender nada, mi corazón tan solo sentía sin malicia, sin experiencia, sin miedo.

Miguel era del tipo intelectual con tintes hippies, bohemio, más reservado y… norteño. Pero con una luz en la mirada que, sin darnos cuenta, empezó a darle más brillo a las noche plática que llegaban a terminar en desayunos, a los fines de semana de bar en los que me prestaba su licencia para que me dejaran entrar por ser menor de edad. Por una curiosa razón, aunque no nos parecíamos tanto, casi siempre funcionaba. pero si nos cachaban no había ningún problema, comprábamos alcohol y buscábamos un lugar escondido en la ciudad, algún terreno retirado en el que los tres pudiéramos encerrarnos en el coche a platicar.

Edmundo y Miguel necesitaban siempre de los tragos para aflojarse un poco, yo no. El más jovencito e inexperto de los 3 les daba 3 vueltas y hacía con ellos lo que quería. Miguel no tenía pareja pero había tenido novias al igual que Edmundo.

Se me cierran los ojos y necesito energía y fuerza para volar en mis recuerdos. Les seguiré contando. Estén pendientes.

*** Abrí un grupo en Facebook para quienes quieran ir siguiendo estas publicaciones y comentar sobre ellas. MIS HISTORIAS. Salvador Nuñez

P.D

Me da curiosidad imaginar lo que podría soñar esta noche…

Les comparto el himno de mi nostalgia de hoy.

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