¡Me salvé de enamorarme! Pero… ¿En realidad quería salvarme? Ese amor al que le huímos…

¡De la que me salvé…!

Me salvé de seguirte conociendo y soltar mis miedos e inseguridades, me salvé de ir construyendo una mirada para ti, para verte cada día y cada noche con unos ojos diferentes capaces de leer tus sueños. Me salvé de redescubrir el significado de la ternura, de indagar en la ilusión y la esperanza que mantienes en silencio y de las que empiezas a dudar porque crees que se debilitan. Tu esencia no puede debilitarse porque es tu mayor poder, es la que le da sentido a tu vida y la que casi me hace caer, pero me salvé.
Me salvé de volver a ver esos ojos de sorpresa recibiendo un mensaje de la vida, un mensaje de esperanza que hoy implica también dolor. Me salvé de volverme a reflejar en ellos…

Me salvé de consolarte, de ayudarte a seguir creyendo con la fuerza de mis manos y mis besos. Me salvé de probar el sabor de tu piel y de endulzar con ella mi vida. Me salvé de conocer todo el mapa que me llevaría a ti de norte a sur, de este a oeste perdiéndome en el paisaje del deseo. Me salvé de ese lunar, de esa luna, de esa fiel y sincera sonrisa. Me salvé de dudar, de pensar en el mañana, de inventar nuevos juegos, de crear nuevos retos, de romper más límites, de crecer un poco más en el amor. Me salvé de un abrazo más, de otro roce de tu corazón y el mío. Uffff… ¡Me salvé justo a tiempo! Me salvé de tantas cosas menos de esta pregunta: ¿En realidad quería salvarme?

Pasaron los días y no, no nos salvamos; de la noche hicimos un himo a la vida.

Hay instantes que resultan inevitables porque son una cita con el destino.

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