Memorias de mis ligues. Cuando quise que tres se convirtieran en dos

Su rostro me era familiar, de la universidad. Uno de esos tipos que me generaban interés y a los cuales me parecía no tener acceso -el complejo de patito feo que no me dejaba-. Pero daba igual, yo estaba con alguien, mi alguien, mi todo.

Sucedió un sábado ya entrada la madrugada. Lo vi moverse; avisé a mi acompañante que iría al baño y volvería en seguida. Caminé tras de él -aquél lugar como todos los fines de semana se encontraba completamente abarrotado y aproveché la circunstancia-, lo tomé por la cintura, metí una mano por debajo de su playera mientras con la otra lo apretaba contra mí, le presioné uno de sus pezones mientras le mordía el cuello, entré al baño, oriné, salí.

Fuera del baño lo encontré de frente, me acerqué de nuevo y con el empoderamiento que el alcohol y la noche te otorgan, le dije:

– Vengo con acompañante, esta vez no sería trío sino cuarteto. Avísame si quieres.

Semanas atrás me había invitado a compartir su cama, con él y su pareja. En aquella ocasión mi respuesta fue agradecer la oferta y declinarla; ser el postre que comparten dos comensales aburridos ya del mismo platillo no me generaba mucho encanto.

La madrugada avanzó, mi joven acompañante debió sentirse amenazado o quizás incómodo por lo acelerado de mi libido y se fue. Así terminamos siendo tres.

Un edificio viejo de muchos apartamentos en alguna calle del Centro, una oscura habitación con una cama algo pequeña para tres y dos desconocidos voraces por descubrir lo que la ocasión les tendría, fueron mis anfitriones.

Como experiencia fue alucinante. Los detalles sobran; son sucios, salvajes, escandalosos y hasta este punto fui yo quién más ganó.

En alguna otra ocasión los volví a ver. Ahora para beber; había pasado de ser el tercero para un encuentro casual al cuate con el que beben de forma causal. O quizá no, pero fue diferente. Los vi con más luz y menos alcohol encima, conversamos sin tanto jadeo ni exigencia, descubrí que uno me era más agradable qué el otro, por mucho, y reafirmé que él me había generado algo distinto, algo que me gustaba.

Esa noche no hubo sexo. Tras despedirme del sufrible novio y después de haberle apretado las nalgas mientras presionaba su cuerpo contra la pared y le besaba con fuerza, con ánimos de no irme con ganas (solo de él), volví a casa,

Aquella vez le advertí que sí quería volverlo a verlo, pero solo a él, sin tercero…

Un par de semanas después hubo tiempo y disposición; el lugar se veía justo como lo recordaba pero en esta ocasión me pareció más cómodo. Platicamos y nos besamos y nos besamos y nos besamos y nos tuvimos… y fue uno de los encuentros más excitantes, disfrutables y memorables de mi vida.

Días después lo vi; sólo para caminar sobre reforma mientras lo tomaba por el cuello con un brazo y lo apretaba contra mi cuerpo al besarlo, sin dejar de mirarlo y reír como idiota al hacerlo.

Una tercera ocasión llegó, volví a su casa, me leyó a Jean Cocteau y me habló sobre tatuarse el “pas de chance”. Al día siguiente de aquello, sucedió lo mismo en mi casa, dónde sí hubo sexo y no fue el mejor, pues a alguien le dio la gana no tener ganas, y así me vi ofreciendo disculpas. Sentí vergüenza pero también sentí confianza, algo que me dio miedo.

La quinta ocasión fue para tomar café y platicar, y mirarlo y besarlo y platicar, y mirarlo como yo suelo mirar y platicar…  El novio sigue ahí, de una forma u otra, pero me confesó que le desperté algo que no tenía entre sus planes. Yo le respondí que no me molestaba pues disfrutaba el tiempo con él, lo hecho con él y no lo tomaría en cuenta –al novio- pues no era un asunto que yo debía solucionar ni en el que yo debería involucrarme. Más tarde volví a casa y quise dormir pero no pude.

Tras esos días hubo mensajes, fotos con risas, con gestos y besos, pero nada más.

Quería escribir pero a la vez no quería hacerlo. Yo había decidido no involucrarme sentimentalmente, pero la realidad era que ya lo estaba. Entonces  Me pregunté ¿por qué no yo? Al fin de cuentas, me hacía falta.

Lo stalké como se hace con quien a uno le gusta y uno no tiene; los vi juntos a él y al novio y los leí felices, lo sentí. No es que yo fuera malo o fuera inferior, o mucho mejor que él o me faltese algo, simplemente el otro apareció primero.

Los vi juntos y me pareció que lucían bien, entonces solo pensé que yo había llegado un poco tarde. ¿O no?

Hasta aquel día esto era lo que pensaba y así lo dejé.

Pero un par de semanas después, minutos después de haber llegado a casa a comer,  al estar ya sentado en la mesa, un mensaje llegó. Era él. No escribió pero mandó una carita triste… Le pedí que esa noche durmiera conmigo… ¡Qué más da! Cada que lo recuerdo volteo a ver el tatuaje que llevo en el pecho, “Sin Miedo”.

Te seguiré compartiendo algunas historias de mi vida….

¡MANTENTE EN CONTACTO!


Recibe quincenalmente nuestros mejores artículos.
¡Sólo tienes que suscribirte!

2

Sin Comentarios

¿Cómo ves?