seducciones

Tres maneras de seducirte

Teníamos algunos meses de frecuentarnos: una amistad simplona y circunstancial, de ocasionales reuniones, primero con amigos comunes y luego de charlas de café. Tus contrastantes aficiones a la música de cámara y al futbol me desconcertaban tanto como la inconstancia de tu disponibilidad, en ocasiones te brindabas de lleno a paseos y a largas caminatas, y otras veces te marchabas casi sin despedirte luego de media hora de charla insustancial, murmurando confusas obligaciones para con tu madre, con tu casa, con tu carrera, qué se yo.

Realmente me gustabas con tus rasgos afilados y tu complexión delgada aunque recia, con tu cabello corto, castaño y tu voz ronca. Me imaginaba cómo sería el momento aquel, cuando gozaría por entero de ti. Así que te invité a ver una película porno para reblandecer cualquier escrúpulo que se interpusiera entre tú y yo. La oscuridad de la sala, la ligereza del argumento y el atrevimiento de las imágenes (un vampiro erótico mordía el cuello y las tetillas de su víctima, un muchacho angelical que pedía a gritos placer) te despertarían el instinto y te arrojarían a mis brazos. Pero cuando, cobijado por la penumbra, avancé la mano hasta tu bragueta y comencé a hurgar en su interior –de tan agradable temperatura– me extrañó tu falta de respuesta, y más cuando de plano te cambiaste de butaca.

Me disculpé prolijamente y quedamos para otra ocasión, lo que consideré una ganancia porque temí que ya no quisieras volver a verme, tras el torpe y demasiado obvio intento de seducción.

La siguiente vez nos encontramos en el Museo de Arte Moderno para una exposición de René Magritte, una visita grata y extenuante de tanto que admirar. Descansando los talones, al amparo de un expreso doble –yo– y de un frapuccino de mocca –tú– conduje la conversación de Magritte hacia el Surrealismo, de ahí hacia sus implicaciones freudianas, luego hacia las obsesiones sexuales del psicoanalista vienés y su posible relación con las temáticas que abordaba el Marqués de Sade. Un bostezo puso fin a la plática y a la cita.

Como lo tuyo no eran las grandes teorías, decidí cambiar de ambiente. Fuimos a un partido de futbol: sin ser fanático del Cruz Azul, apelé al sentido de pertenencia que te daba vivir en la Nápoles y acudimos a ver a Emanuel Villa, que a ambos nos gustaba y que por aquel entonces encarnaba la esperanza de sacar adelante al siempre frustrado equipo. Villa se lució con un par de goles –uno de ellos producto de un impresionante tiro desde fuera del área chica– que celebramos abrazándonos al calor de la victoria y del compañerismo varonil que se respira en semejantes ambientes, comentando yo con florido lenguaje las anotaciones del ariete: “qué bolas tan bien puestas, papá”, “donde la ves la metes, cabrón”, “dime cómo la metes y te diré si entra”.

Y la cosa iba bien, porque saliendo de ahí fue nuestro primer besuqueo en toda regla y pude disfrutar de las mieles de tu boca tantas veces deseada, enmarcada por la cuidada y afilada  barba de candado que me raspaba deliciosamente… pero tú tan sólo me seguías la corriente: para entonces veías con simpatía mis intentos de acercamiento y participabas en el juego, aunque llegado el momento de la verdad, el deseado momento de los cuerpos desnudos y ardientes, el de las complicidades sobre un colchón, no podías fingir. El deseo no se finge.

Y caí en la cuenta de que era eso precisamente lo que yo hacía: yo fingía armando tinglados e inventando pretextos. Así que deje de fingir. Cuando fui yo mismo, cuando te expresé lo que sentía y lo que quería –arriesgándome a una negativa rotunda– sin poner escenarios de por medio, y sobre todo, cuando te escuché a ti y tus deseos, se abrió la posibilidad de armar una verdadera relación en la que el sexo tendría su lugar especial. Pero sólo eso, un lugar.

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7 Comentarios

  1. polo
    8 abril, 2015
    • Rodrigo
      11 abril, 2015
  2. arielle
    9 abril, 2015
  3. victor manuel razo
    10 abril, 2015
  4. rafael baldemar
    11 abril, 2015
    • Rodrigo
      11 abril, 2015

¿Cómo ves?