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La pesera del amor… ¿o de los rozones y tallones?

Foto: Juan Boites

Con un chiflido, él hizo que el microbús se detuviera. Como pudo, se subió, pagó cuatro pesos con 50 centavos y se acomodó entre los pasajeros.

Él caminó con su mochila en la espalda por el estrecho pasillo lleno de gente. Llegó a la mitad del microbús donde su delgado cuerpo quedó justo frente a un joven de playera amarilla que leía un libro.

Del lado de la ventana iba sentada una estudiante de secundaria; falda corta tableada, suéter verde y mochila negra en las piernas. Tres cuadras después ella bajó y dejó desocupado el lugar pero él no se sentó, prefirió seguir de pie y de espaldas a otro chico.

Con una mano, él revisaba su celular mientras que con la otra se aferraba al tubo que lo detenía de los frenados bruscos del chofer mal encarado. El tráfico paraba la circulación del microbús, pero en cuanto podía, el conductor aceleraba y daba un jaloneo a los pasajeros.

Entre los jaloneos, él rozó su miembro con las manos del lector. Cuadras más adelante el microbús comenzó a llenarse, hasta quedar repleto de gente.

-“Recórranse en doble fila. Allá atrás hay más lugar”, gritó el chofer, pero él no se recorrió. Seguía parado frente al joven de amarillo.

-“Me das permiso por favor”, dijo una mujer que recién subió con una bolsa de mandado. El joven del libro- sin pararse- giró para dar el asiento de la ventana.

Otro “tallón” y ninguno se inmutó. Ambos se voltearon a ver sin cruzar palabra. Una pequeña sonrisa perversa se le escapó a él.

Con su playera blanca- con logotipo de secundaria pública-, pantalón a cuadros y suéter verde a la cintura, él seguía sin recorrerse. Guardó su celular y con las dos manos se agarró del tubo que colgaba del techo.

Su mirada se enfocaba al zapato de bebé que colgaba del asiento del chofer, mientras que con descarados movimientos él se acercaba al antebrazo del de amarillo, quien ya tenía cerrado su libro.

Ni la señora de la bolsa de mercado y ningún otro usuario parecían darse cuenta del jugueteo de ambos. Los movimientos del brazo eran cada vez más obvios.

Pasaron varias cuadras, bajaron pasajeros y se detuvieron en muchos semáforos pero ellos seguían “en su onda”. La erección de él lo obligó a recorrer las mangas del suéter a la altura de la hebilla del cinturón.

Él le restregaba cada vez más su pene. Estaba mojado.

Sin decir más, él rozó el hombro del joven del libro y lo invitó a bajar. Se recorrió hasta atrás, se perdió entre los pasajeros, tocó el timbre del microbús y bajó.

El otro abrió su libro y siguió leyendo hasta su destino.

¿Ta ha pasado algo así?

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