gay sexo en la oficina

Historias eróticas. Entre las 3 y las 4:00pm en la oficina…

Nos encerrábamos en tu cubículo a la hora en que el pasillo se quedaba desierto, de tres a cuatro de la tarde. Una calma extraña en la Facultad de Economía, normalmente tan bulliciosa, con tantas idas y venidas, profesores altaneros (entre los que afortunadamente no te contabas), secretarias altaneras y muchos estudiantes altaneros: un ambiente asfixiante en su elitismo tercermundista de universidad privada. Pero ahí estabas tú.

Cuando te conocí, todavía no llevabas barba, y aún así me impactaste desde el primer día. Tu voz joven y ronca daba una sensación de seriedad que cazaba a las mil maravillas con tu traje claro. Rápidamente supe que aquel semestre lucharía por sobresalir en Teorías Económicas I, y que si conseguía ser el mejor de tus alumnos, quizá tú… algún día… Y entonces me llamaste por tercera vez y sacaste de su ensoñación al alumno pendejo que llega a distraerse a clase: bonito modo de comenzar a destacar.

Fuiste tú quien abrió la puerta –no sólo la de tu cubículo– aquel día en que dabas revisión de examen. En tu cortesía, en tu sonrisa, había algo más que la amabilidad de rutina. Y de súbito tuve el valor de rodearte con mis brazos en algo que no era un abrazo, sino un acercamiento desesperado, una declaración de mi deseo hecha acaso torpemente, pero una declaración al fin. Nos quedamos así un momento, palpitando a la expectativa, y te abalanzaste empujándome contra la puerta para evitar cualquier intromisión inoportuna.

Me avasallaste contra la puerta inmovilizando mis brazos en cruz, con un beso frenético y al mismo tiempo calculado. Percibí mezclados tu sudor y tu colonia de madera. Percibí tus manos sobre mi ropa, tus manos sabedoras de que no opondría resistencia alguna, manos que se adentraban en las aberturas de mi camisa, que ya la desabotonaban, que al fin se deslizaban a placer sobre mi pecho palpitante, que al fin sentía ese roce tantas veces imaginado, ese roce que superaba las expectativas, y que me hacía desear que llegaras más allá ahora que nuestra excitación se acercaba al clímax, como quedaba claro por el contacto de nuestras protuberancias que, con su dureza, parecían clamar salir del pantalón.

Y entonces te apartaste, sumiéndome en un momentáneo desconcierto. Caminaste a tu escritorio, acomodando la corbata que no me diste oportunidad de desanudar. Te diste el lujo de mirarme impávido, inexpresivo, con la mirada profesional del docente que pone a prueba al estudiante y espera una respuesta correcta. Un momento que se me hizo eterno porque pasaron por mi mente varios pensamientos y sensaciones mezcladas. Gozaste de tu poder sobre mí, marcando así la pauta de nuestros encuentros, en los que las decisiones importantes serían tuyas, y mis iniciativas contigo estarían sujetas a tu aprobación.

Tras la primera seducción vinieron los encuentros, las desinhibiciones, las sesiones cada vez más prolongadas y riesgosas, el transcurrir de los días esperando simplemente la hora mágica de las tres de la tarde, cuando el silencio del pasillo se convertía en el aliado que nos avisaba de cualquier presencia. Claro que para entonces ya nos encerrábamos con llave, aunque por tu modo de practicar el sexo yo debía tener presencia de ánimo para evitar gemidos que traspasaran la puerta. Tenías un don especial en eso de dejar de ser el académico erudito y aburrido para transformarte en un encumbrado y déspota burgués que requiere de su empleado… o para convertirte en un proxeneta que castiga a su prostituto por no cubrir la cuota diaria…

¡La magia de los pasillos desiertos a la hora en que todo el mundo se va a comer! ¡Los secretos que se ocultan tras puertas cerradas, fronteras entre la rutina diaria y la imaginación desbordada!

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