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¿Hasta dónde llegarías con el hombre prohibido?

Llevaban varias semanas viviendo en el edificio. El 604 había permanecido vacío pocos días. El militar solitario al que se le veía sólo de vez en cuando se fue como vino, sin decir agua va. Y muy pronto vimos cortinas nuevas en aquel departamento.

Desde la ventana de mi dormitorio –vivía dos plantas abajo, en la torre de enfrente– me daba cuenta de ciertos cambios que los nuevos inquilinos habían hecho a la vivienda (y que la escasa perspectiva me permitía percibir): pintura clara en la pared de su estancia-comedor, una lámpara de piso y maceta con un alegre Palo de Brasil que por las mañanas recibía el sol.

Sólo semanas después coincidimos en las escaleras: subían ellos las vituallas semanales del supermercado y yo bajaba a tirar basura a los contenedores comunes. No suelo comportarme como buen samaritano, pero aquella era una oportunidad para entablar algunas palabras con la primera pareja gay que habitaba el condominio, así que me ofrecí a ayudarlos con sus bolsas.

Sentía un retintín de envidia porque su presencia acentuaba la soledad en que vivía, así como mis vanos intentos de relación estable durante la última temporada. Luego de una breve charla, regresé a mi departamento sintiendo no haber podido estrechar algo más que sus manos al despedirme. Sobre todo lo sentía por Javier, el que parecía desempeñar el papel de sumiso en la relación, sumiso no en un sentido sadomasoquista (aunque quién sabe cómo se conducirían en la intimidad), sino en el sentido general, pues toda relación es, en mayor o menor grado, un ejercicio de poder.

La cuestión es que desde ese día no dejé de pensar en Javier, y en realidad en ambos, aunque del otro había olvidado su nombre (¿Gabriel? ¿Daniel?). Porque comenzó una curiosidad morbosa que me excitaba al imaginar su vida en común, y sobre todo sus actividades en común. Empecé a estar pendiente de su ventana. La imaginación volaba y yo no oponía resistencia: ciertos atardeceres, muy cercano el crepúsculo, me desnudaba y me tumbaba en la cama, abría un poco la cortina y veía la luz que, dos pisos más arriba, daba la bienvenida a la noche. A veces Javier estaba sentado a la mesa, lo veía y me llenaba de combustible para dos o tres pajas monumentales. Encendía la lámpara de mi buró, lo que resultaba arriesgado pues, de fijarse, él podría verme por el resquicio de la cortina, y no haría falta que me viera de cuerpo entero para que adivinara lo que estaba haciendo, pero el riesgo atizaba el deseo y, en el fondo, anhelaba que se diera cuenta.

Desde entonces y hasta hoy, he redescubierto el placer solitario, cuya práctica yo había disminuido considerablemente. Pero nada es para siempre: llegará el momento en que no me satisfaga imaginar, imaginar que una tarde, estando Javier solo, lo abordo y le invito un café en mi depa, que a las sonrisas siguen las palabras y a las palabras el contacto, primero tenue, como fingiendo timidez, y luego desbordado, liberando el deseo acumulado por meses, el deseo de su piel y de sus labios… y todo a espaldas de Daniel (¿o se llama Gabriel?).

Aquí la continuación de este post… Hasta donde fui capaz de llegar con el hombre prohibido.

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14 Comentarios

  1. Anónimo
    21 mayo, 2015
  2. Rodrigo
    21 mayo, 2015
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    22 mayo, 2015

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