Esas veces en que el deseo le gana a la lógica. El enculamiento.

Era la primera vez que asistía a una reunión gay. A pesar de que las manifestaciones de cariño homosexual iban siendo cada vez más cotidianas en las calles, en el transporte público, en los parques, llegaba yo con algo de retraso a esa normalización… con un retraso que incluía casi todo en mi vida sexual porque también tardé mucho en salir del clóset.

Ya sabía yo que aquello no iba a terminar en una orgía. Mi ingenuidad no llegaba a tanto: seguramente después de la charla, del café y de unos tragos habría algún ligue y, entre la mayoría de nosotros, simplemente aumentaría el número de contactos en el teléfono móvil para posibles amistades o lo que surgiera.

Así que, tras haber contactado a aquel grupo gay en Facebook, acudí ese sábado al Vips de Niza sintiéndome cohibido y maldiciéndome en silencio por tal sensación. No podía evitar cierto sudor en las manos ante la expectativa de estar haciendo algo por primera vez.

Y ahí, Ramón, ¿te acuerdas? Ahí te conocí. Si empecé este mensaje con todo un preámbulo fue para que comprendieras mi timidez inicial, la maldita timidez que en aquella ocasión me impidió acercarme a ti, platicar con soltura, obtener información tuya, observarte y decidir por dónde conducir la conversación, tal como lo haría un seductor experimentado.

Después de un rato, te levantaste par ir al baño. Dijiste: “Ya regreso”, y me quedé sopesando tus palabras. ¿Significaba algo el tono en el que las dijiste o no admitían una segunda lectura? Pensé seguirte y aprovechar la soledad del toilette: cuando te lavaras las manos, frente al espejo, te rodearía con mis brazos y te miraría a través de la imagen reflejada: palpitarías de deseo como yo por ti y nos besaríamos ahí mismo.

Me sorprendiste con tu regreso, de tan embelesado que estaba con aquella ensoñación (ya me imagino la cara de idiota que habré tenido). Y pues la reunión continuó, ¿te acuerdas?, sin mayores sorpresas. Pero a partir de ese día, Ramón, has estado presente en todas mis noches, en todos mis amaneceres y… por qué no decírtelo: en todas las venidas que me he provocado pensando en ti (ahora mismo miro una foto tuya, me incendia el deseo y mi cuerpo responde con firmeza… no sé si contenerme o dar rienda suelta).

Cuando entro al Face, prefiero no ver tu página. Me produce una sensación de malestar casi físico verte, a veces sonriente en algún viaje y, peor aún, en compañía de otro… aunque a veces no resisto y te miro luciendo tu colección de corbatas, tan bien combinadas, o luciendo tu esbelto cuerpo, con escaso pero adorable pelo en pecho. He pasado por todas esas etapas que caracterizan a la pasión: la fascinación, la esperanza, el desengaño, la depresión, la negación, el coraje, los celos, la resignación… y te sigo deseando como el primer día.

Te escribo a esta hora de la madrugada pensando en que mañana, cuando entres a tu Face, te estará esperando este mensaje privado, mensaje que aún no termino y que todavía no decido si lo enviaré, si daré el clic final, porque después de que lo leas habré dado un paso definitivo: yo sé que tienes pareja, así que probablemente me mandes al diablo, pero antes imagina: imagínanos juntos, aunque sea una vez, sólo una. No te pido que te separes de Toño, sino que accedas a pasar un buen rato, olvidado de todo, relajado, entre las sábanas de tela satinada que quiero estrenar contigo (clic).

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