El aire que atraviesa la piel. Morbos a todo calor.

Soy el tipo al que le dedicaron una nota los periódicos de antier, aparecí algo más extensamente en una de aquellas publicaciones que explotan el morbo de sus lectores, con una foto de quince picas y un oportuno trucaje, ya que cuando me la tomaron estaba totalmente desnudo, saliendo de un patrulla que me condujo a una delegación por haber transgredido una de las normas sociales más inveteradas, y quién sabe si más irracionales, como la de salir vestido a la calle.
Cosa curiosa, no me dio la impresión de que los transeúntes se escandalizaran por ver a un tipo parado en la esquina de Ejército Nacional y Molière sin prenda alguna, aunque lo cierto es que alguien llamó una patrulla nada más verme, dado el escaso tiempo que permanecí ahí antes de que me detuvieran.
Ni siquiera me silbaron: esos silbidos de coquetería, cuando se ve a una mujer guapa, a un hombre especialmente atractivo, ni hubo silbidos de burla, como cuando el sujeto es un travestido o simplemente un tipo que, en ropa ajustada, muestra sus atributos físicos, ya obra de la pródiga naturaleza, ya producto de sus horas en el gimnasio. No cabe duda: el semidesnudo es apreciado porque es una promesa que no se cumplirá, pero el desnudo total (Unamuno lo dijo una vez: “desnudo franco y noble”) sonroja o indigna, tal vez porque es la negación de la hipocresía, de la actitud mezquina de quien sólo muestra lo indispensable. El ahorro y la tacañería, en una sociedad como la nuestra, se aprecian más que la generosidad.
No diré que la aventura me fue indiferente. Sabía que podían pasar varias cosas (entre ellas la que me pasó), y por un momento, esta mañana, cuando resolví que saldría en cueros a la calle, pensé en desistir. ¿Qué me impulsó a esta pequeña locura? Puede haber varias respuestas e interpretaciones para lo que voy a decir. Temo defraudar a quien espere la explicación de profundos motivos o una ingeniosa anécdota para circunstancias tan singulares. En principio, yo mismo no acabo de aclararme el porqué. Lo que sí sé es que sentía curiosidad.
Esa curiosidad está ahora parcialmente satisfecha: sé que sí fui capaz de abrir la puerta de mi departamento y bajar impávidamente las escaleras; capaz de responder “buenos días” al vecino que, desde lejos, mientras sacudía un trapo en su ventana, lanzaba maquinalmente su saludo (¿se daría cuenta?, ¿fue él quien me denunció?); capaz de amagar el sonrojo cuando sentí el fresco de la intemperie en mis partes íntimas y pensé en que el aire traspasaba mi piel; capaz de disfrutar los tiernos rayos del sol que me cobijaron, y hasta capaz de hilvanar uno o dos pensamientos en forma de divagación al modo como cuando, con paso cansino, hacemos tiempo en una esquina mirando los titulares de los periódicos.
No opuse resistencia. Me dejé conducir al interior de la patrulla. ¿Qué sentido tendría dar un espectáculo intentando algo que no funcionaría?, ¿qué sentido tendría llamar la atención de quien aún no se enteraba del incidente? No lo hice por exhibicionismo. Pero confieso que sentí satisfacción (y sorpresa) al ser inmovilizado, escoltado y acomodado con cuidado en el asiento trasero, como la joya a la que se acomoda en un estuche.
Los policías cruzaron palabras entre sí sin que por lo menos uno lograra disimular del todo la turbación que lo invadía (¿poca?, ¿mucha?), y entonces pensé: “valió la pena”. Indirectamente yo controlaba la situación, aun esposado e ignorado como un objeto. Percibí en la conversación casual esa tensión que revela la incomodidad del que profiere palabras obligado por las circunstancias, del que tiene en mente algo de lo que no quiere hablar y por eso habla de cualquier cosa pero, tras los comentarios aparentemente casuales, advertí que el policía que iba de copiloto estaba nervioso… y excitado.

(Y yo disfruté  imaginando lo que me podría hacer una vez encerrado en una celda, aprovechándose de su  poder y de mi indefensión. Obedeciendo quién sabe qué órdenes para proporcionarle placer a mi captor, al hombre que en ese momento sería mi dueño y del que dependería mi situación inmediata… al que me entregaría mansamente.)
Algo más se me reveló aquella mañana. De pronto la situación era artificial: con seguridad había en ese momento asuntos más urgentes que atender. Tal vez un banco era asaltado con lujo de violencia; tal vez una persona era ultrajada. Tal vez lo que yo hacía era lo que los polis (y tantos otros) deseaban hacer, o lo habían deseado en sus primeros años, y luego, a fuerza de ser cincelados, hubieron de renunciar a ello y olvidar el deseo de sentir el aire que atraviesa la piel, y acostumbrarse a pensar en que el mundo funciona de un solo modo: con leyes físicas, con la pseudológica que se denomina “sentido común”, con una serie de creencias que escapan a la razón, con ley de oferta y demanda, con telenovelas entre semana y futbol los domingos, con un mundo que funciona sólo si hay pantalones y camisas.
Estoy en la soledad de esta celda como quien pisa la playa y se adentra unos pasos  -unos pasos tan sólo- en el mar. ¿Navegaré más allá alguna otra vez?

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Un Comentario

  1. Anónimo
    10 junio, 2015

¿Cómo ves?