Arte o cachondería

¿Arte o cachondería?

Alfredo Buenrostro, curador del Museo de Arte Metropolitano, recordaba su ya lejana pubertad, cuando en casa consultaba una enciclopedia en la que aparecía un autorretrato de Rembrant, un Rembrant de 18 años, de mirada profunda y piel lustrosa. Evocó aquellas sensaciones provocadas por la imagen de una piel que se adivinaba sedosa y por aquellos labios perfectos, cuando se sorprendió a sí mismo acariciando la imagen del pintor y sintiendo tener que pasar página y continuar en otra sección del libro, buscando información para una tarea de química.

Pero mientras consultaba la tabla de elementos y las propiedades de sustancias como el astato, sabía que sesenta páginas atrás estaba la sección de arte y el rostro que lo había trastornado. Fue conociendo otros cuadros de Rembrant y sus nuevos ojos de adolescente descubrían los claroscuros de la pintura barroca. Vio que el rostro y el cuerpo humanos eran motivo de exhaustivo estudio por parte de artistas de épocas remotas, épocas en las que él nunca hubiera imaginado que se podía representar el cuerpo humano desnudo… sobre todo el masculino, con formas perfectas, redondeces y protuberancias que invitaban a la pasión. Extraños modos que tenían los pintores de sublimar el deseo, pensaría tiempo después, porque  numerosos cuadros eran de temática religiosa.

Por las noches, evocaba las imágenes que acentuaban su condición de muchacho virgen y ansioso por descubrir sensaciones de las que sus amigos heterosexuales hablaban con aparente soltura. En su febril imaginación, se representaba a sí mismo en el centro de aquellas escenas, a menudo de dolor y de martirio, en un patíbulo, expuesto a la humillación pública y sintiendo en la piel un estremecimiento de vergüenza y de excitación.

Sin embargo, la imagen que lo cautivaba por sobre las demás correspondía a un cuadro de temática pagana: La fragua de Vulcano, de Velázaquez, en el que Apolo visita a Vulcano en su taller para comunicarle el adulterio de su esposa. Vulcano está en plena faena con una serie de trabajadores semidesnudos, alrededor de un yunque, lo que para Alfredo era un agasajo visual. Es cierto que la perfección de los cuerpos en la imagen invita al deleite, pero cuerpos perfectos se encuentran en cualquier revista de fisicocuturismo o en cualquier sitio web porno. Alfredo, además del deleite, sentía excitación.

Pronto se dio cuenta de que la excitación es más complicada que el mero deleite. Era algo más allá del atractivo natural. Estaba en la situación, en el entorno viril de la imagen, en ver a esos hombres rudos en un ambiente de trabajo y calor. Hombres manejando metales, concentrados en su labor, con sus músculos tensos y bien delineados. Alguna vez sintió algo parecido al pasar frente a un billar y percibir el ambiente viril y cerrado de aquellos cuates manejando los palos y las bolas con destreza, con camaradería, en una comunión que de tan excluyente (imposible imaginar a una mujer ahí) llegaba a ser intensamente homosexual.

A pesar de su formación intelectual y de su vida tranquila y estable, de vez en cuando necesitaba dar rienda suelta a esa parte de sí mismo: no en el sentido de salir del clóset, porque lo había hecho hacía tiempo, sino de aceptar los aspectos de la excitación que a veces se consideran oscuros o trasgresores (como las fantasías sadomasoquistas o imaginarse en aquel mundo viril y vulgar, alejado de los refinamientos académicos): aspectos que alguna gente puritana considera “de mal gusto” y que suelen provocar desaprobación cuando se manifiestan en público.

 

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