joven con audífonos

Esas veces que quieres esconderte porque no estás listo para decir que eres VIH+. Por SerOhPositivo

“El silencio incómodo”

¿Qué sería de nuestras vidas si no existiera el celular? Hoy en día es un recurso muy utilizado, sobre todo cuando no tenemos ganas de platicar, nuestro smartphone es el pretexto ideal para desconectarse del mundo.
Estoy en la sala de espera, la doctora ya empezó a dar consultas y antes de mi pasarán cuatro pacientes (como dicen), “tomé una silla y me senté en el suelo” debido a la cantidad de personas que hubo ese día no quedaba de otra.
Saqué mi celular para escuchar música y navegar en Facebook, pensando que así sería menos tedioso esperar, con lo que no contaba era con que a la tercer canción mi cel se apagaría (crisis mundial) y es ahí cuando pienso ¿Y ahora qué hago?
De verdad tengo tal dependencia al celular que tuve los primeros síntomas del síndrome de abstinencia (ok no tan grave), respiré y con toda la resignación del mundo lo tuve que guardar y se me ocurrió hacer lo que mejor hago, observar a las personas (y no es que sea un víbora sólo soy fan del lenguaje corporal y su significado).

Mis pláticas con desconocidos son poco frecuentes y lo que menos deseaba era entablar una conversación donde la pregunta obligada seria qué tengo o a qué especialidad voy. Aún no me siento cómodo con mi respuesta (osea que por calenturiento e irresponsable me contagie de VIH) por lo tanto, me apego al derecho a la confidencialidad así como la mayoría de los detenidos se apegan al artículo 20 constitucional, ya que no puedo predecir la reacción de la persona al escucharme, pero sí suponer.
Tuve la idea de dejarme los auriculares puestos para que pensaran que seguía escuchando música y así no intentaran hacerme plática (he de decir que eso no siempre funciona). Ahora sí, a observar a la gente.

La mayoría de los jóvenes se comportan del mismo modo que pretendo hacerlo yo y no apartan la vista del móvil, creo que las que más platican son las mujeres de edad avanzada y en general creo que a todos los viejitos les gusta platicar solo de sus dolencias.

Cerca de la puerta del consultorio hay tres señores muy entretenidos en su conversación, ¿les ha pasado que cuando alguien los mira fijamente lo sienten y voltean hacia esa persona? Eso me pasó con uno de ellos, fue algo incómodo ya que no sabía si se estaba riendo conmigo o de mi y aunque no le di mucha importancia, lo caché varias veces (algo así como no me importa pero si me importa).

Traté de escuchar la plática pero el ruido y la distancia a la que estaba no me ayudó, pensé que el paranoico dentro de mi estaba saliendo o mi delirio de persecución se había detonado así que opté por mirar hacia la enorme fila que había en la recepción donde, como siempre, no estaba la señorita encargada.

De pronto un señor se me acerca pidiendo ayuda para leer una orden de laboratorio (como les dije, mi plan de pasar desapercibido falló), tomé la hoja y leí el nombre.
Para mi sorpresa era el de una mujer y le dije al señor que se habían equivocado, le sugerí pasar nuevamente a laboratorio para corregirlo, entonces el señor comienza a platicarme que viene de lejos y repite muchas veces que ese no es su nombre (solo escuché y sonreí amablemente).

Por fin es mi turno, entro al consultorio y hacemos el chequeo de rutina, la doctora me entrega las recetas y paso a farmacia. Al momento de recibir el medicamento escuché a la señora que estaba junto de mí decir con tono de admiración “¡Todo eso se va a tomar!” (en efecto, el volumen del medicamento es llamativo y otra vez olvidé llevar donde guardarlo).
Es hora de volver al trabajo y más tarde a casa donde seguramente preguntarán el por qué de tanto medicamento, estoy en un segundo closet sólo que éste tiene las puertas rojas y aun no estoy listo para salir.

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3 Comentarios

  1. GABO
    15 Febrero, 2016
  2. Ale
    16 Febrero, 2016
  3. owt
    9 Abril, 2016

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