¿Has amanecido con una sensación de vacío total? ¿Tan vacío que ya no puedes amar?

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hombre joven triste en la cama

Nadie experimenta en CAJA ajena…

Recuerdo que fue la noche de más excesos que tuvimos en Vancouver. Al despertar, me levanté en medio de una resaca de las más espantosas de mi vida. Sin reaccionar aún completamente, me dispuse a preparar café. Romina despertó y me alcanzó en la cocina. Sin hablar mucho nos lo tomamos viéndonos con cierto remordimiento y complicidad, después nos fuimos a trabajar.
Trabajábamos juntos en una tienda-cafetería como a una hora de nuestra casa. Durante el camino tampoco hablamos. Al llegar, entramos por la bodega de atrás y casi inmediatamente la abracé y me puse a llorar cual Dolores del Río en “Las Abandonadas”, o sea, una cosa dramática y lastimera. La verdad es que no sabía exactamente por qué lloraba, solo sentía un vacío terrible en el pecho. Romina me explicó, como quien le explica a un niño de 4 años cómo nacen los bebés, que todos tenemos una cajita llena de felicidad y la vamos gastando poco a poco durante el día y lo poco o mucho que se gastó, se rellena durante la noche mientras descansamos, pero cuando uno se termina la cajita de un solo jalón o en pocas horas, como lo habíamos hecho la noche anterior con todo lo que tomamos y nos metimos, y además no descansamos lo suficiente para que la cajita se llene de nuevo, al otro día no tenemos nada más que pura tristeza y vacío. En ese momento se me hizo una mega mamada lo de la pinche cajita.

Dos años después, en CDMX, desperté con una sensación muy parecida a la de aquella mañana en Vancouver: “vacío, tristeza y ansiedad”; creo que fue por el sueño que tuve en el que reviví mi ruptura con Antonio de hacía un par de semanas y no encontré otra forma de explicarlo mas que con la mamona “Cajita de la felicidad”. O sea, fui tan pero tan feliz los primeros meses y fui tan pero tan afortunado, que sentí que eran los mejores momentos de toda mi vida, y así, me acabé la “Cajita de la Felicidad” de un jalón. Al final, me quedé vacío, lo único que tenía en la cajita era ¡NADA! pero ¡NADA de NADA!

Con razón cuando conocí a Abel, a pesar de que me gustaba muchísimo y me trataba súper bien, era cariñoso, tierno, gracioso y atento ¡no pude! O sea no sentía nada de nada, no tenía nada que ofrecerle. Nunca me había hecho tanto sentido el famoso “no le puedo vender todo porque si no, ¿luego qué vendo?”. Tuve miedo de que me pasara como a Romina, que me confesó por aquellos días canadienses que estaba harta de empezar a conocer a un chavo “padrísimo” y después darse cuenta de que no podía ofrecerle nada, porque no tenía nada. Y todo por el miedo a entregarse, como yo con Antonio.

Por lo pronto, mi cajita se había quedado casi vacía salvo por un chorrito de familia, amigos que estuvieron conmigo a veces sin saberlo y “momentos varios” que no dejaron que “de a tiro” se me vaciara por completo y solo me quedó esperar y dejar de echarle a mi cajita recuerdos y añoranzas por aquel amor perdido.
No entiendo cómo en estos tiempos ya fuimos a la luna y aún no hemos inventado las recargas para la dichosa “cajita de la felicidad” en el OXXO.

Nos leemos el siguiente jueves… @cejudisimo

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Acerca de 

Este espécimen de cola corta (llegó tarde a la repartición de nalgas), es fácilmente reconocible por el color rojizo oscuro de su pelaje y sus grandes ojos marrones sobre su desafiante rostro. Originario “sateluco” pero se le ha visto la mayor parte de su vida en las costas jaliscienses y en los últimos años en la CDMX. De comportamiento impredecible, evolucionó y abandonó su carrera profesional como Administrador de empresas para prepararse y dedicarse al teatro. En cuanto al cortejo…mejor lean sus colaboraciones.

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