Hombre gay prohibido

Hasta donde fui capaz con el hombre prohibido

Aquí la continuación que tanto pidieron del post ¿Hasta dónde llegarías con el hombre prohibido?

¿Cuántas pasiones somos capaces de sentir en una vida? Verdaderas pasiones, quiero decir. De esas que hacen época, que marcan etapas de la existencia, que cuando terminan producen angustia y depresión, y luego, tras meses de convalecencia se pueden recordar incluso con cariño… no sé cuántas de esas pasiones quepan en una vida, pero sí sé que viví una de ellas con Javier.

Como suele suceder cuando uno imagina demasiadas veces un acontecimiento, el día que por fin se realiza pasa de modo diferente, inédito. No me hice el encontradizo con Javier, no me atreví a tocar a su puerta con una excusa para entablar conversación. Tampoco me lo encontré en su balcón, a punto de suicidarse, apareciendo yo en el momento oportuno para disuadirlo y salvarle la vida. Fue escuchar el timbre, un jueves por la tarde, verlo por la mirilla y perder la calma en la que había vivido hasta ese momento (antes de abrirle, tuve el tino de quitarme la camiseta y pretender que andaba casual, en la intimidad de mi departamento).

¿Verdaderamente había olvidado sus llaves y necesitaba llamar a Gael (¡Ah, se llama Gael!)? ¿Verdaderamente se había quedado sin crédito en su teléfono móvil? Por supuesto, lo dejé pasar. No, no es ninguna molestia. Le indiqué dónde se encontraba el aparato y, mientras llamaba (¿pero sí había marcado?), me desesperé pensando en cómo retenerlo, cómo iniciar una conversación… Y no necesité un gran esfuerzo porque –ahora lo sé– Javier se había fijado desde antes en mí.

–…bueno, es espero un rato en el estacionamiento. (Cuelga, me sonríe y me derrito por dentro).

–Si quieres, espéralo aquí.

–Pero se va a tardar como una hora.

–Una hora se pasa volando.

–Sobre todo si se la pasa uno a gusto.

(¿Realmente está sucediendo esto?)

–Pues, ponte cómodo.

–¿Cómo tú? (qué modo de sonreír).

–Adelante… bonita camisa, pero te ves mejor sin ella… ¿puedo?

–Claro.

La hora, en efecto, pasó volando, casi sin palabras. Tacto e imágenes: su rostro contra el mío y la presión de sus brazos. Nuestras temperaturas, tan similares que casi nos confundíamos en las caricias, en los toqueteos. En un “baile” en el que casi todo el tiempo me condujo él, aunque cumplió mi capricho de una felación, tras haberlo hecho venirse con mis experimentados labios. Al final, yacíamos en la alfombra. Me acariciaba aquellas partes que antes había estrujado, que hasta había golpeado con su palmas expertas, con sus manos capaces de administrar dolor y placer, y de indicarme cuándo proceder a mi vez, porque cada acto suyo era imitado por mí.

–¿Y Gael?

–Gael está en su lugar. Tú en el tuyo.

No supe cómo tomar sus palabras. No podía aspirar, en ese momento, a desplazar a Gael. Mi “lugar”. ¿Qué ínfimo lugar podía ocupar un acostón contra una relación de quién sabía cuánto tiempo? Sin embargo, su amabilidad alentaba mis esperanzas: la amabilidad por encima de aquella pasión que demostró en el episodio sexual, porque me indicaba un futuro que, prometedor o no, era un futuro.

Aquella noche, mirando su ventana encendida, me sorprendí imaginándonos a los tres.

Hasta la siguiente…

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10 Comentarios

  1. adrian flores
    1 Junio, 2015
    • Rodrigo
      1 Junio, 2015
  2. alanenglis
    1 Junio, 2015
    • Rodrigo
      1 Junio, 2015
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    1 Junio, 2015
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    1 Junio, 2015
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    2 Junio, 2015
    • Rodrigo
      2 Junio, 2015

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