hombre desnudo en la regadera

Memorias de mis Ligues. Roberto era su nombre, un desconocido en mi cama

Desperté al primer timbrado que soltó la estridente alarma. Miré sobre mi hombro y descubrí que junto a mí había un hombre desnudo.

Su cabeza reposaba sobre mi pecho y uno de mis hombros; con uno de sus brazos rodeaba mi cintura y yo sentía su tibio respirar alrededor de mi cuello. No quería pero tuve que levantarme de la cama, estaba ya con media hora de retraso para llegar al trabajo…

Salí de la ducha y lo desperté, él seguía plácidamente dormido: tendido a lo largo de la cama, desnudo por completo pero cubierto del vientre a los pies por un edredón rojo. Al meditar sobres su presencia en mi cama me dio la impresión de ser un gato pachón y peludo, de esos que con toda la sensualidad que poseen se estira y cautiva de forma nata a todo aquel que observa su ágil acto.

Le ofrecí una taza de café y dije tenía que ir a trabajar, que podía seguir durmiendo si así lo deseaba. Respondió que no, que salía conmigo. Al instante se incorporó y sin salir de bajo de las sábanas azules tomo su calzón y se lo puso con esa prisa torpe que provoca la sorpresa. Su pudor me hizo sentir pudor y dejé de observarlo…

Minutos después salió del baño con el cabello relamido, lo observé con la luz que la ventana de la habitación dejaba entrar y lo vi igual que la noche anterior: guapo, cándido, barbón, hombre.

Me dijo no sabía como había llegado ahí, qué si estaba en la Condesa, que lo había desconcertado muy cabrón… Yo respondí que había llegado a mi casa en taxi, que al salir del lugar donde nos conocimos había dejado a uno de sus amigos mi tarjeta por si quería corroborar estaría en mi casa conmigo y seguro. Continué explicando que  no sucedió nada grave, que estaba completo, sano y a salvo. Ahora que lo escribo y lo recuerdo, el sentimiento es raro.

Él reía con nervio y sólo repetía se encontraba algo desubicado y necesitaba sentarse.

– ¡Ni siquiera recuerdo tu nombre, perdón! Soltó tal sentencia acompañado de una potente carcajada.

“No te preocupes, no importa”. Respondí.

Un abrazo fuera de mi apartamento y un ¡que estés bien! fueron la despedida.

Cuando nos presentaron la noche anterior la música llegaba a lo estridente, nunca escuché su nombre. Ya en mi casa, en mi cama, desnudo, sobre de él, pregunté cómo se llamaba… Al decirme que no recordaba mi nombre no le di tal explicación, creo que no tenía caso…

Me recuerdo corriendo sobre reforma, con la boca seca, el cuerpo sediento y una terrible jaqueca, iba ya con una hora de retraso y tenía que llegar a junta. Damn!
¡Ah! Roberto era su nombre.

¿Cuántas veces te ha sucedido esto? ¿Crees que valga la pena ponernos en tanto riesgo?

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