Recuerdos del ghetto. ¿Baile caliente?

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Recuerdos del ghetto

(Fragmentos de unas memorias halladas en un departamento abandonado)

…recuerdo bien la época cuando se estrenó Fiebre de sábado por la noche. A mi chavo le fascinaba Travolta. Nos gustaba bailar, bueno, a él más, a mí me gustaba bailar con él y comenzar a tocarlo. Bailabamos el tango-hustle con ímpetu, entrelazando los brazos y las piernas. Me costó algo de trabajo hasta que logré satisfacerlo porque siempre tuvo más sentido del ritmo y de la improvisación que yo. Tocar sus hombros y su cintura, sentir sus manos sobre mi cuerpo me hacían distraerme, tenía esforzarme para seguir el ritmo. Pero lo hacía con gusto porque la mayoría de las veces terminábamos bailando en la cama. Entonces era él quien se esforzaba por complacerme. Llegó a saber cómo administrar las sensaciones. El sexo es algo que se siente en la piel: proximidad, contacto, calor, peso, textura de una piel sedosa, hidratada, o textura de una piel rasposa, cubierta de vellos. Tuvimos la suerte de experimentar muchas cosas…

… en aquellos años había que tener cuidado porque las redadas eran una práctica común. Uno oía historias aterradoras de güeyes a los que llevaban detenidos por un delito tan poco concreto como “faltas a la moral” y luego los violaban o los torturaban con total impunidad, pues ¿quién se iba a meter con las autoridades?, o sea, había un ambiente de represión, como de dictadura, en lo referente al mundo gay.

Tanto secreto y tanta necesidad de ocultación acabó creando un mundo alternativo, una realidad subterránea que se movía no sólo de noche (porque cuando se habla de estas cosas se suelen asociar con la noche y los excesos), sino de día: con empleados, burócratas, profesores, choferes, en fin, con todo un puñado de hombres que resistían en el anonimato, en la fingida charla homófoba con los compañeros de trabajo, en los ostentosos piropos dirigidos a las mujeres y utilizados como camuflaje. El mundo alternativo estaba en los espacios que hoy la tradición consagra, como los típicos puntos de reunión gay: baños, saunas, bares underground, aunque también en la cotidianidad: en la mesa de un restaurante, donde dos amigos, a la vista de todo el mundo, mantienen una conversación tan profunda que se olvidan de lo que pasa a su alrededor; en el festejo de un gol, que tiene la virtud de hermanar a los seguidores de un equipo; o en la camaradería engendrada por los vapores del alcohol, tras unas cuantas rondas que hacen que los sentimientos salgan a flote, las formas se relajen y la virilidad acepte caricias y hasta piropos al amigo del alma.

En ese entonces, uno estaba atento a los detalles, a las miradas, a las palabras empleadas para comentar los sucesos que de cuando en cuando salían en el periódico, sucesos relacionados con ese mundo sórdido y esas personas de moral dudosa. Tal vez, tras la condena frontal hacia tales individuos, sobreviniera un comentario no benévolo, sino burlesco, que aligerara un poco la condena y distendiera el ánimo. En tal caso, se asomaría un doblez, un resquicio de condescendencia en el autor del comentario, que uno podría tomar como la tregua que indicaría la comprensión y, ¿por qué no?, hasta la complicidad de uno de los nuestros: un invertido, un maricón forzado a declarar su condena por la necesidad de aparentar. En fin, detalles tan aparentemente intrascendentes como el color del forro de un cuaderno o el grabado de un separador de libros podían ser la señal, la promesa de un nuevo amigo, de un nuevo encuentro. Era doloroso y a la vez excitante.

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