Oscuro placer

Oscuro placer. ¿Por qué a veces nos gusta la mala vida?

Humberto se llama. Lo acepté como amigo en el Face, sin conocerlo personalmente, como sucede a menudo: me convenció su foto con aquella camiseta blanca que le quedaba tan justa y que permitía apreciar su equilibrado torso. Me envió un mensaje privado en el que se presentaba y declaraba que, ya que teníamos doce amigos en común, podíamos serlo entre nosotros también, además de que coincidíamos en ser asiduos visitantes de dos páginas para público gay, y tal vez vernos pronto para charlar en persona.

Me pareció sincero aunque, ¿cuál es la garantía que uno puede tener en las redes sociales, ese terreno tan resbaloso y en el que es tan fácil llevarse chascos? Comenzamos a chatear y, como ocurre en las pláticas, una pregunta llevó a la otra y pronto estuvimos hablando de nuestras historias sentimentales. Entonces apareció una publicación suya. Colgó en su muro la leyenda: “Admítelo: un hombre como yo está fuera de tus posibilidades”, lo que me desconcertó. Es claro que las indirectas que se lanzan en un muro, sin indicar el destinatario, pueden salpicar a muchos. ¿Tenía que darme por aludido? ¿Estaría chateando con alguien más en ese momento? El punto es que en ese momento comencé a tener una erección.

Comenzamos a chatear más o menos de modo semanal, en intervalos variables, sin haber fijado día u hora. Luego de tres o cuatro conversaciones, le propuse vernos. Se excusó alegando ocupaciones de fin de semana. Claro, me dije, era previsible: ahora se niega. Ni siquiera ha de ser el de la foto. Decidí darle otra oportunidad y en vez de cortarlo me juré que esperaría a que él propusiera el encuentro. Después de todo, es su turno.

Como a la semana, me envió un mensaje.

Humberto: ¿Por qué no me has escrito?

Luis: ¿Se supone que es mi obligación?

Humberto: uuuuy, cálmate…  pues no es tu obligación pero sí tu interés.

Luis: ¿Por qué piensas que tengo un interés?

Humberto: Mira, aquí el del interés eres tú. No sé si estás intentando olvidar a alguien o eres uno de esos solitarios que se pasan la vida soñando. Si te resulto rudo ahí lo dejamos. Por mí no hay problema.

Pero qué hijo de la chingada, pensé. Y me salí del Face encorajinado… y excitado (todo hay que decirlo): había cambiado su foto de perfil, un plano en el que salía de busto, tan pero tan guapo que me lo imaginé de cuerpo entero.

Tres semanas después: ¿Y si lo borro de mis amigos? No se ha dignado a dirigirme la palabra.

Cinco semanas después: ¿Será mucho arrastrarme si lo saludo y le vuelvo a proponer vernos?… ¡No! Al carajo.

Ocho semanas después: “Hola, Humberto: seguramente has estado muy ocupado, aunque  me pregunto si podremos vernos. No sé, tal vez quieras ir al cine.” Tenía a la vista su muro. ¿Por qué me gusta tanto si es tan ojete? Una vez se retrató con su mascota, un pequeño perro mestizo al que llamaba Freddie. “Quién fuera Freddie”, te escribí a lo que respondiste con un contundente “Pórtate bien”. O puede que eso sea precisamente lo que me gusta. Pero cómo me puede gustar alguien que publica cosas como “Mi desgracia es vivir en un país de chacales”. ¿Y todos los like que tiene esa publicación? ¿Son todos unos racistas o como yo están fascinados por la soberbia de este güey? He de reconocer que obtenía un placer en esa situación, un placer oscuro y acaso pudiera llamársele ruin: había logrado orgasmos de antología escribiéndole mensajes aún más serviles, sin atreverme a enviarlos. Hasta que me decidí:

Hola: he pensado ya durante un buen tiempo que lo que te gusta de mí –no sé si eres así con otros– es que te busque y tú negarte. Cada vez que abro tu muro, cada vez que renuevas tu perfil sabes que estoy ahí, pendiente de ti. No sé tú, pero yo estoy disfrutando contigo. Si ahora aceptaras vernos, echarías a perder el equilibrio que he logrado entre la fantasía y el deseo que me provocas. Ya has estado conmigo muchos amaneceres, ya hemos dormido juntos sobre la arena de playas afrodisiacas, ya tengo en la cabeza una serie de imágenes y de “recuerdos” contigo. Así que vuelvo a insistir en verte, sabiendo que no contestarás este mensaje, o que lo harás lacónicamente, con ese desdén que siempre mostraste y que me obligó a conformarme  con tus fotos y mis fantasías. Amo a un Humberto que no eres tú, sino el que forjé en mi mente, el Humberto creado por tu ausencia.

“Ante mi estás, sí.

Mas me olvido de ti,

Pensando en ti.”

Juan Ramón Jiménez

Hasta la próxima.

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5 Comentarios

    • Rodrigo
      4 Junio, 2015
  1. Anónimo
    29 Noviembre, 2015
  2. Jorge Ignacio Palma Maureira
    29 Noviembre, 2015
    • Rodrigo Cortez
      29 Noviembre, 2015

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