Los morbos de Raúl

Los morbos de Raúl. Cuentos eróticos.

Lo que le excitaba a Raúl: imaginar a los hombres que lo rodeaban estando solos, en la intimidad, en la desinhibición que otorga el saberse a salvo de cualquier mirada. Pensaba Raúl, todos somos por lo menos dos personas, el que vive en sociedad, el que interactúa con sus semejantes es uno, y otro el que se encuentra solo, aislado. Cuando estamos solos… no es que entonces salga el “verdadero yo”, el auténtico, simplemente sale otra faceta de lo que somos, entonces mostramos una cara distinta a la que damos a los demás, una cara que nos reservamos para la intimidad.

Raúl era así. Tenía una capacidad de ensoñación más allá de lo común. Lo que, por un lado, le hacía gozar de una gran vida interior, pero por otro le impedía materializar o concretar relaciones: hacerlas profundas, duraderas. Se había acostumbrado tanto a encontrar el placer de ese modo que ya estaba en riesgo de sustituir a los contactos reales.

Como la mayoría de los mortales, tenía una serie más o menos definida y limitada de fantasías a las que recurría para darse placer. A veces se excitaba con actores o deportistas, lo típico. Sin embargo, los mejores éxtasis los encontraba cuando imaginaba a gente cercana: un conocido suyo, vecino con el que llevaba una relación cordial, delgado y de barba cuidadosamente delineada y fina, quien le había dado algunos aventones al coincidir cuando salían para el trabajo.

No había nada en la conducta de aquel vecino, nada en su cordial trato que sugiriera violencia, aunque era precisamente ese rasgo el que a Raúl le atraía: lo imaginaba dominante y altivo, practicante del bondage… y descubrió que lo prendía más imaginarlo como heterosexual… rodeado de mujeres, mimado y caprichoso, con un público cautivo y atento a sus más pequeños deseos, como si el hecho de saberlo hetero lo alejara más de él y lo volviera más deseable.

Raúl practicaba Tae-kwon-do y se había acostumbrado a la disciplina del ejercicio, de los movimientos formales y de las tácticas de combate. También se había acostumbrado a los gritos del instructor –demasiado severo, según el punto de vista de algunos– y lo respetaba sinceramente por el profesionalismo y la entrega que mostraba al entrenar a sus discípulos. Pero lo imaginaba fuera del gimnasio, dirigiéndose a su casa donde lo estaría esperando su pareja, su señor, y nada más cruzar el umbral de la casa, nada quedaría de aquel vozarrón de mando y aquella actitud marcial que mostraba en el Tae. En cambio, se convertiría en la pareja dócil, en el compañero que espera a las iniciativas del otro para ajustar sus deseos y no contrariarlo.

Seguramente estas fantasías y otras similares hablarían de sus propios deseos. De la parte oscura u oculta que él no se confesaba sino a través de la imaginación. ¿Alguna vez se atrevería a materializarlas? Lo dudaba. Aunque en su fuero interno sabía que el complemento de su vida tenía que llegar, y que entonces contaría con un cómplice que le impediría caer en una rutina como la que llevaba hasta ese momento. La idea del cómplice le dio ocasión para añadir un nuevo giro a cierta ensoñación en la que se veía a sí mismo encerrado en una celda con otro preso, con el que trabaría amistad y desarrollaría una tórrida relación, rejas adentro, olvidándose del mundo exterior y exprimiendo hasta la última gota de placer con aquel fortachón y tosco amigo (así lo veía) con el que encontraría la plenitud sexual (así lo imaginaba).

Raúl, preso de sí mismo, encerrado en sus sueños.

Nos leemos en la próxima….

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2 Comentarios

  1. John Betancourt
    30 Octubre, 2016
  2. Rodrigo Cortez
    27 Noviembre, 2016

¿Cómo ves?