Las expectativas al conocer a alguien. ¿Cuentos eróticos?

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Here comes the rain

Here comes the rain…

Casi siempre nos quejamos de que la vida no sea como una película, de que no haya coincidencias curiosas o felices gracias a las cuales se vivan circunstancias perfectas o por lo menos placenteras. Si me hubieras llamado cinco minutos antes… Yo también andaba por ahí ese día, lástima que no nos vimos… De haber sabido que vendrías…

Eran los años 90. Internet aún no irrumpía en la vida de la mayoría de las personas y uno de los canales para hacer amigos o contactar con prospectos de aventuras eran las revistas gay, que ya circulaban con normalidad en varios quioscos.

Escribir cartas a hombres de los que sólo conocías los tres datos que publicaban en su mensaje (edad, complexión, estatura y casi nada más) era una aventura que implicaba cierto erotismo, al enviar la carta al futuro amigo, amante o a la futura decepción, y vivías unos días de expectativa esperando una respuesta que con frecuencia no llegaba nunca. Le escribí a Edgardo de Mérida, moreno, cabello chino y 1.80 de estatura. En la carta puse ni número de teléfono, total, pensé, casi nadie habla y menos de larga distancia.

Una semana después:

–¿Bueno?

–Quiero hablar con Sergio, por favor.

–Él habla. ¿Qué desea?

–Recibí una carta tuya. Llamo desde Mérida.

–(Súbitos latidos intensos) Ah… qué bien. ¿Cómo estás?

Y me contó que le habían gustado mis palabras, que había salido muy bien en la foto que le envié en el sobre, que trabajaba en un banco y pensaba, más adelante, venir a vivir a la capital. Estas y otras cosas que no recuerdo por la excitación de oír una voz que, al menos por teléfono, sonaba seductora.

Eso fue en junio. Para agosto planeé pasar una semana en Mérida. No conocía Yucatán y me pareció una gran oportunidad contar con un amigo que se ofrecía a ser mi guía, un amigo con el que había coqueteado varias veces por carta y por teléfono.

Salí del hotel cerca del zócalo, en la calle 60, a las tórridas dos de la tarde. Caminé hasta la explanada central y contemplé por primera vez la centenaria Catedral, desde una banca a la sombra de un almendro. Casi de inmediato, me percaté de la mirada, cargada de intención, de un hombre apuesto. La atracción fue instantánea y mi sonrisa lo animó a acercarse. Luego de breves palabras, estaba claro que los dos nos moríamos de ganas de estar solos. Me propuso ir a su casa, que estaba cerca del Parque las Américas. Mientras conducía, me mostraba algunas bellezas del Paseo Montejo y yo pensaba que tenía tiempo suficiente para estar con Alejandro (bonito nombre para este güero frondoso), pues había quedado en verme con Edgardo a la hora de la cena, Edgardo, el motivo de mi viaje a quien todavía no conocía en persona… ¿Quién iba a pensarlo? Tanto tiempo solo y ahora tenía dos citas en un día; además, no hacía ni dos horas que había bajado del avión y ya estaba entrando con Alejandro a su casa.

Mientras tanto, la tarde se había nublado y para cuando nos quedamos sin ropa comenzó una intensa tormenta de verano. Me abrazó con la fuerza de sus fornidos brazos al tiempo que decía, me gustas, ¿quieres que te posea? Y me empujó a la cama, donde caí rendido ante el peso de su cuerpo y de su deseo, y apoyando mis piernas en sus hombros comenzó aquel acto en el que se mezclaban placer y dolor, entrega y resignación, miedo y excitación. ¿Te gusta? Y yo le dije que sí, aunque quería decirle que me gustaban varias cosas además de aquello que hacía: su cabello, el sudor de su piel, que comenzaba a manar y yo a saborear, la curvatura de sus bíceps y de sus hombros. Y así experimentamos la perfección del que posee y del que es poseído, en tanto tronaba el cielo y el agua golpeaba con furia las ventanas, como si de una escena cinematográfica se tratara.

Para cuando salimos de la casa, caía una leve llovizna y el aspecto de las calles era distinto al de cuando habíamos llegado. Y dentro de nosotros algo había cambiado también.

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Amante de las letras, amado por ellas. Soy lo que mis palabras dicen y también soy lo que las palabras ocultan.

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