Fantasía sexual con el trabajador de la casa… Más que una fantasía!

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Era la primera vez que vivía solo. Ya tenía tiempo trabajando, tras haber concluido mi carrera de Actuaría, hasta que por fin me mudé a un departamento al que se le tenían que hacer algunas mejoras, como resanar boquetes en las paredes o fijar el quicio de la puerta del baño. En verdad, había una cantidad considerable de agujeros de esos que sirven para poner taquetes (el anterior inquilino debió de tener debilidad por los colguijes, los espejos y los cuadros).

El maestro albañil que conocía por haber trabajado varias veces en casa de mis padres me envió a un empleado suyo, una tarde, para explicarle los desperfectos y cotizar un presupuesto. El empleado era un mocetón, un poco más alto que yo, de cejas pobladas y largos brazos, que era la encarnación del albañil ideal.

Desde la adolescencia, deseaba en secreto una aventura con alguien así. Cuando volvía a la casa paterna, después de una sesión sabatina de mis cursos de inglés, coincidía con muchos trabajadores de la construcción en el metro. Los admiraba subrepticiamente, evitando observarlos con una insistencia que me delataría. Admiraba su autosuficiencia, tan lejos de la serie de conductas pequeño-burguesas que me habían inculcado desde niño, como el hecho de ir siempre con la ropa ceñida, con camisas abotonadas, sin una arruga y discretamente combinadas. Ellos parecían no preocuparse por esas tonterías, mientras hablaban y reían en la taquilla de la estación, cansados y satisfechos. Las dos y media de la tarde del sábado. El fin de la jornada.

–Pienso poner una bañera. ¿Será difícil encontrar una que quepa en este espacio?

Después de recorrer las habitaciones, le encargué dos o tres presupuestos. Se acercaba el momento de su partida. Le invité un trago que aceptó luego de un momento de titubeo. Me enteré de su nombre –Bryan Yahír– y de algunas generalidades que se suelen comentar para llenar el tiempo que se emplea en beber una cerveza. Entonces le solté:

–Has de tener mucho pegue con las chicas, galán… y con los chicos.

Lo hice sin pensar, arriesgándome a quién sabe qué reacción, pero el tipazo sonrió aunque sin abandonar del todo su timidez.

–No me va mal–. Se limitó a decir apurando el último trago.

Tras aquella tácita aceptación me aventuré con dos o tres comentarios más, aún tanteando el terreno, hasta que lo palmeé amigablemente y lo rodeé con mi brazo.

–Entonces qué, carnal. ¿Te animas?

Y me miró de un modo tan distinto que, por un momento me cohibí: atrás quedó el sencillo trabajador que tan ceremoniosamente me llamaba “joven” y me pedía permiso para abrir una puerta o para mover algún mueble. Me estrujó con sus manos y, rodeándome con sus brazos, me besó.

Él impuso los tiempos. Aquel beso avasallador, que acentuó el cambio de roles (ahora yo no me atrevía a quitarle la camisa, esperando una indicación suya) revelaba una experiencia que estaba lejos de imaginar cuando inicié ese juego. Lo fui palpando poco a poco, por encima de aquella camiseta de trabajo desteñida que, no obstante, permitía admirar su torso delgado y recio a la vez: músculos que lo mismo servirían para un arduo trabajo físico que para levantarme en vilo, tal como lo hizo, antes de depositarme en la cama. Músculos que comencé a descubrir y a adorar, ya desatada la lascivia, cuando por fin lo ayudé a desnudarse…

Las otras dos veces que nos vimos fue en circunstancias similares. Durante aquel breve periodo fantaseé varias noches. Entonces yo era el empleado que se afanaba por quedar bien con su patrón, con la esperanza de encontrar en él algo más que un pasatiempo sexual (¿qué pensaría él en realidad?). Y me daba cuenta de lo necesitado que estaba de una relación más profunda que la que permite un encuentro furtivo, en un piso semivacío, con un cabrón hermoso, pero prácticamente desconocido.

La cuarta vez no acudió. Inmediatamente supe que no lo volvería a ver. Ahora lo recuerdo como una experiencia que valió la pena porque –bien mirado– la vida es toda ella una sucesión de fugacidades: hay que tomarlas cuando vengan y saber disfrutarlas sin sentir demasiado su terminación, recordándolas no con dolor, sino con afecto.

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