Esos momentos eróticos que suceden cuando menos te lo esperas

Etiquetas: ,

Guapetones en el metro

Podría decir casi con exactitud cuándo lo vi por primera vez: un chavo así se destaca en cualquier circunstancia, en cualquier grupo de gente donde se encuentre. Es uno de esos cueros que está condenado a gozar de facilidades para acostarse con quién él decida, uno de esos cueros al que casi nadie se le negaría llegado el momento.

Fue una mañana de marzo que lo vi, al subir al metro para hacer el trayecto de muchas estaciones hasta el trabajo. Sentado él, leyendo un volumen de pasta roja, de aspecto sobado, uno de esos libros que se prestan en las bibliotecas universitarias. Estaba absorto en la lectura y aislado del mundo gracias a los audífonos que de vez en cuando lo hacían mover rítmicamente la cabeza.

Uno de esos sangrones que sienten que el mundo no los merece, pensé, aunque reconocí que no tenía fundamentos para confirmar tal impresión. Guardando mi libro –yo también acostumbro leer en el metro– me dediqué a admirar sus facciones aristocráticas, su cabello brillante y su barba rojiza, que brillaba de modo especial a la luz artificial del vagón, lo mismo que sus pestañas, marco perfecto para una mirada oscura y abstraída. De vez en cuando levantaba la vista y me alteraba la respiración.

Lo seguí contemplando muchas mañanas. Coincidíamos frecuentemente. Tomábamos el mismo vagón: ese que al llegar al trasbordo da justo a las escaleras y agiliza el desplazamiento para llegar a la otra línea. Además, nos dirigíamos de sur a norte, contrariamente al desplazamiento masivo de gente a esa hora temprana, por lo que el vagón iba concurrido a medias, y en más de una ocasión pude sentarme junto a él.

Hasta que se dio cuenta de que no me era indiferente. Una mirada suya bastó para entender el mensaje. Para entonces ya estaba superclavado con él. Entiéndase: no obsesionado las 24 horas del día, pero sí teniéndolo presente en las mañanas, al levantarme, al tomar el primer café, anticipándome a la alegría de verlo. Se había vuelto una costumbre. ¿Tendría yo una posibilidad de acercarme e intentar algún tipo de relación? Comprendía su molestia, pues en estos tiempos tan inseguros la desconfianza y la paranoia están a tope. ¿Por qué aceptar a un desconocido que de buenas a primeras quiere ser tu amigo?

Una vez le tomé una foto sin que se diera cuenta. No quise repetir el experimento ante la posibilidad de desatar su ira, a pesar de que me excitaba imaginando la escena: me enfrentaría y yo trataría de disculparme, perdóname, no es mi intención molestarte, etc. Y bajaríamos al andén donde me exigiría borrar la foto. Y yo: no puedes obligarme. Hasta que se desesperara y me atacara… ¡Al fin un contacto físico!

Y entonces me decidí. No a hablarle, porque no me habría dado oportunidad de hacerlo, sino de escribirle unas palabras, breves, explícitas, sobre mis intenciones y sobre mi respeto hacia la decisión que tomara. Ya preparado con el papel, tendría que aprovechar la siguiente ocasión de estar junto a él y dejar el texto en su regazo o en su mochila, la que siempre ponía a su lado, mientras leía. La abstracción en la lectura sería mi aliada y facilitaría la operación. Unas palabras, unos datos míos de contacto, una botella arrojada al mar con un mensaje desesperado, un mensaje que me permitiría mantener una esperanza ante la expectativa de su respuesta.

Continuará…

Sigue este blog en Facebook.

¡Suscríbete gratuitamente al blog!

Acerca de 

Amante de las letras, amado por ellas. Soy lo que mis palabras dicen y también soy lo que las palabras ocultan.

2 Responses to "Esos momentos eróticos que suceden cuando menos te lo esperas"

  1. Moises Osorio  2 febrero, 2016 at 18:09

    Excelente historia y por supuesto el final no me lo perdería…..ademas ya estoy con la intriga….

    Responder
    • Rodrigo Cortez  2 febrero, 2016 at 19:54

      Hay varias posibilidades, en efecto.

      Responder

¿Cómo ves?