Dominar es fácil; ser amado… no tanto

Dominar es fácil; ser amado... no tanto

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Marco Valerio

Primera parte del post

Segunda parte del post

Demetrio, convertido de la noche a la mañana en propiedad del soldado Marco Valerio, contemplaba a su dueño desde la humillada posición en que éste lo dejó.

Fue la primera vez que el romano lo amó. Sujeto por cadenas, Demetrio lo vio desnudarse sin que olvidara su filosa daga, separándose de ella sólo lo estrictamente necesario para alcanzarla pronto en caso de tener que defenderse. Ya se sabía: con los esclavos nunca podía haber suficiente confianza. Acababa de ser capturado y había que domarlo, así que durante una temporada no quedaba más remedio que poseerlo con precaución, e incluso después: en el alma resentida de un esclavo, por mucho miedo que se le inculcara, siempre habría un resabio de envidia y mezquindad.

El militar se sorprendió a sí mismo, días después, rememorando con excitación aquel primer encuentro y se distrajo un momento de sus quehaceres en aquella concentración frente a su tropa. Todo le iba bien, y sin embargo… le preocupaba reconocer que empezaba a ser preso de una debilidad. Quería sentir de nuevo, cuanto antes, la piel de Demetrio: tomarlo entre sus brazos y, como lo había hecho, lamer su nuca mientras lo penetraba suavemente para alargar el gozo. ¿Le correspondió el muchacho al acariciarlo y besarlo? ¿Cómo supo que le enardecía tanto que le mordieran la tetilla y le acariciaran las orejas?

No podía engañarse al respecto, aunque lo cierto es que no paraba de fantasear con más encuentros sexuales en los que Demetrio –ahora de buen grado– se dejaría hacer y le haría experimentar el placer en todos los puntos de su cuerpo, acariciando, frotando, rascando y hasta golpeando. En esos momentos, Marco Valerio tenía que volver a la realidad porque su excitación ya se materializaba en una tremenda erección que lo delataba en público.

Por fin terminaron los días de concentración y el romano, feliz al sentirse libre de sus inmediatas obligaciones, retornó para reanudar aquella conquista.

Encontró a Demetrio más hermoso que nunca, como una fiera enjaulada, con aquella barba crecida que le daba pretexto para acariciarlo mientras se la recortaba con una navaja egipcia (las mejores por aquel entonces). Su cuerpo, ya de por sí bien formado, estaba sujeto a una rutina física que garantizaba la evolución armoniosa de sus músculos. Y ahora el romano probó la potencia de aquel miembro. Lo sintió deslizarse tan dentro de sí como si el muchacho quisiera partirlo en dos.

Aquella ocasión fue determinante, pues en aquellos tiempos algo común era poseer al esclavo, algo muy distinto de ser poseído por él. Mejor mantener en secreto, ante sus compañeros del ejército, ciertos detalles que serían mal vistos en una relación amo-esclavo. Pero lo cierto era que, conforme pasaba el tiempo, el militar también se habituaba cada vez más a su amigo (prefería pensar en esos términos) y también se habituaba a las relaciones alternas, que le proporcionaban mejores y más prolongados éxtasis.

No estaba seguro de cómo tomaría la relación aquel muchacho; desde su punto de vista, salía ganando, ¿Qué tenía antes? Una vida miserable en una aldea perdida, medio muerto de hambre y de frío durante los inviernos. En cambio, ahora vivía en la cabeza del Imperio, cautivo, sí, pero gozando de un trato preferencial, bien alimentado y bien amado. Marco Valerio prefería detenerse en ese punto de sus pensamientos porque, más allá, comenzaba un desasosiego, una preocupación… Y es que, en la vida, en su vida, no contaba con nadie más, no le interesaba a nadie más en absoluto… y le hubiera gustado considerar a Demetrio como su compañero, como un igual.

Fin.

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Acerca de 

Amante de las letras, amado por ellas. Soy lo que mis palabras dicen y también soy lo que las palabras ocultan.

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