Demetrio: recuerdos de un cautivo en Roma

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Demetrio cautivo

Venimos de esta primera parte…

Demetrio comenzó su nueva vida sin muestras de coraje ni de resignación. Sabía que, al menos de momento, no podía hacer nada para escapar. Tenía que estudiar el terreno, conocer la casa en la que viviría, familiarizarse con la rutina del lugar. Sabía también que llegaría el inevitable momento de tener que satisfacer a su amo… qué palabra…

En su pueblo, se dedicaba a las labores del campo y participaba en actividades colectivas cuando hacía falta, como en la construcción de un molino que permitió recoger agua del río mucho más rápidamente que antes. Su origen humilde le auguraba un destino igualmente modesto, del que no se preocupaba especialmente.

Claro que siempre estaba la posibilidad de morir a manos de los soldados. No solían pasarse con frecuencia por esos parajes, no había cerca ninguna ciudad importante. Eso sí, había que pagar el tributo que exigían para el Imperio y para dejarlos en paz. Una buena parte de su trabajo era para ellos… los amos. Pero, aunque en los hechos ya fueran esclavos, aquella situación era infinitamente mejor que la de ahora: la de permanecer cautivo, obedeciendo órdenes arbitrarias, sin saber en realidad qué le deparaba el siguiente día. Porque ese romano malnacido bien podía cambiar de parecer y mandarlo sacrificar.

Le preocupaba más recuperar su estado anterior, su libertad a medias, que la obligación sexual que le había caído encima. Antes, en la villa de Iliria, tuvo algunas relaciones con mujeres jóvenes, aunque mayores que él, que con el pretexto de iniciarlo en la vida sexual lo gozaron en repetidas ocasiones.

También experimentó con un muchacho de su edad. Era un vecino con quien convivió varias veces en labores para beneficio de la villa. En los atardeceres de verano, se iban a bañar al río y descansaban de sus faenas. Cleves era un mozo bien formado, como él, de piel oscura y brillante. Se fijó en sus pectorales, tan recios y curtidos por el sol, tan apetecibles a la vista y que se adivinaban tersos al tacto.

Estaban solos, sintiendo la tibia y mansa corriente del río entre sus piernas, así que se atrevió a abrazarlo, tomándolo por la espalda. Apoyando la boca contra su nuca, le susurró:

–¿Quieres jugar? Yo soy un romano y tú mi siervo.

Desde el primer contacto, Demetrio sintió el creciente poder de una erección, junto con los latidos apresurados de su corazón, que no le impidieron pronunciar esas palabras con un acento desenfadado, como restándole importancia al asunto para que la invitación fuera persuasiva.

Cleves no se resistió al encanto de aquel amigo tan atractivo, de cuya belleza se hacían comentarios en el pueblo. Se dejó hacer, mansamente, mientras Demetrio lo tocaba con su miembro y lo ponía entre sus glúteos, rozando su piel sin penetrarlo aún para prolongar la erección, y como si en efecto aquel bello ser fuera su superior, le habló con respeto antes de tomar iniciativas en aquel juego:

–¿Me permite, Señor?

Y entonces se sumergió hasta alcanzar con sus labios aquel ariete, aquella parte de su cuerpo, la más viril de todas, lista para descargarse. Cleves trabajó con una inspiración inesperada, bajo el agua, succionando también los testículos antes de enfocarse en el rígido trofeo de aquella tarde. Fueron momentos de éxtasis que a Demetrio le parecieron prolongados, incluso contando con el intenso placer que estaba sintiendo. ¿Cómo podía su “siervo” aguantar tanto la respiración? Una idea cruzó, fugaz, por su mente: la de impedirle volver a la superficie al término de su faena. Ese poder momentáneo que le otorgaba su posición lo excitó más de la cuenta y por fin experimentó su orgasmo: justo cuando Cleves emergía.

Recordaba a Cleves y su intimidad en el río ahora que la situación era tan distinta. Ahora que Marco Valerio se había adueñado de él y no tenía, en lo inmediato, manera de defenderse. Era normal que un hombre libre –y más si se trataba de un destacado militar– sostuviera relaciones con un esclavo, pero Demetrio no se resignaba a su suerte. Marco le había dicho que sometería no sólo a su cuerpo, sino a su alma. Ya lo veremos, pensó el cautivo. Por lo pronto, oyó pasos cercanos y por fin se abrió la puerta del recinto donde estaba confinado. Vio la silueta de su amo recortada contra la luz y supo que el momento había llegado.

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Amante de las letras, amado por ellas. Soy lo que mis palabras dicen y también soy lo que las palabras ocultan.

3 Responses to "Demetrio: recuerdos de un cautivo en Roma"

  1. Marco perez  4 diciembre, 2015 at 8:57

    Sr. Le suplico coloque el link para terminar esta breve pero fascinante historia. Saludos cordiales

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  2. Anónimo  4 diciembre, 2015 at 19:49

    Espero el final de esta linda historia. Gracias!

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  3. Rodrigo Cortez  4 diciembre, 2015 at 21:39

    En breve. Gracias y saludos.

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