Aquel guapetón del metro. ¿Cuento erótico?

Todos hemos tenido alguna vez una obsesión platónica. La imagen de un tipo que nos acompaña y que aparece en diferentes momentos de nuestro día. Aquel chavo con el que coincidía en el metro se había vuelto una costumbre. A pesar de no haber cruzado una palabra con él, ya se había percatado de mi interés. Las miradas son un poderoso canal de comunicación a fin de cuentas. Así que un primer mensaje ya había circulado entre nosotros: también su respuesta en esa mirada de reprobación que me dedicó durante un segundo –tal vez durante una fracción de segundo–, su negativa, aunque faltaba ver qué tipo de negativa era.

Podía significar varias cosas: temor razonable ante un desconocido, simple rechazo de un heterosexual, resistencia de un gay de clóset a aceptar su naturaleza, rechazo de un hetero al que se le ha movido el tapete al saberse deseado por otro hombre: en este último caso, me enorgullecería saber que fui yo quien despertara en semejante galanazo los pensamientos homosexuales. La posibilidad de hacer que un hetero descubra alternativas sexuales y canalizar yo esos impulsos… me excitaba bastante.

Por eso me decidí a escribirle aquellas palabras en las que le expresaba mi interés y le proporcionaba mis datos de contacto. Pasaron los días y no faltaron momentos en los que me recriminaba internamente por proceder con semejante ligereza, pues en efecto, los tiempos no están para andar jugando con desconocidos. Tal vez era yo quien se estaba exponiendo quien sabe a qué peligros. Pero luego, la siguiente vez que me lo encontraba en aquel vagón, me tranquilizaba su aspecto taciturno, su actitud de siempre: leyendo, escuchando música en sus audífonos (seguramente rock: más de una vez le había visto una chamarra con el logotipo de The Beatles), y levantando la mirada distraídamente para comprobar que ahí cerca estaba yo.

Hasta que hubo una respuesta. Escribió al e-mail que le puse en la nota. Me decía que quería hablar conmigo y que tenía tiempo el jueves por la tarde. Sus escuetas palabras me dejaron más preocupado que feliz, ¿cómo tomar ese mensaje? Me dije que tenía que terminar lo que había comenzado y le escribí para proponer lugar y hora: ambos usábamos la misma línea de metro, así que elegí una de las estaciones como punto de encuentro.

Llegado el día, poco me concentré en el trabajo, consultando el reloj decenas de veces, pensando en aquella extraña cita. Cuando llegué a la estación, ya estaba ahí: apoyado en un barandal del andén y mirándome con curiosidad y un asomo de sonrisa. Las primeras palabras nos salieron forzadas, artificiales, hasta que abordé a quemarropa el asunto: tú sabes que me gustas, le dije, y si estás aquí es por algo muy concreto. A lo que él asintió y respondió con llana franqueza que sí, que sentía curiosidad, que era hetero aunque le parecía bien experimentar un poco…

La siguiente vez, fue en su depa. Me dijo: tienes una hora para hacer lo que quieras. Y entonces me entregué, nos entregamos, a una relación de descubrimiento. Pues le fui indicando aquello que me daba placer y realizando esos pequeños actos sobre la piel, sobre los labios, con las manos, con la boca, antes de tener la tradicional relación, antes de conocerlo como hombre y de experimentar su potencia. No me digas tu nombre, le dije, si esto no pasa de un experimento, prefiero seguir sin saber cómo te llamas.

Me gustó ver su sonrisa de placer ante las caricias que le hacía en la espalda y en los glúteos, antes de que fuera mi turno, y luego oírlo decir que aquel dolor valía la pena, que se sentía a gusto. Luego, ya en el epílogo de la aventura, calmados los ánimos, abrazados y empiernados me lo dijo: supe cuál sería el nombre que evocaría y susurraría yo por las noches, antes de dormir, mientras esperaba otra llamada y otra oportunidad de tocar el paraíso.

1

6 Comentarios

  1. Anónimo
    9 febrero, 2016
  2. Anónimo
    9 febrero, 2016
  3. GaryG Sodi
    9 febrero, 2016
  4. Rodrigo
    10 febrero, 2016
  5. erick
    10 febrero, 2016
  6. gilberto
    6 octubre, 2016

¿Cómo ves?